
No quedan lejos los naufragios del
En esta ocasión ha sido el pecio de bandera panameña “Rhea”,
Afortunadamente en esta ocasión no se ha producido vertido que dañase más,

La gama de colores fríos que envolvía el gélido ambiente de la mañana, cambió lentamente cuando la estrella que ilumina las tierras de los seres del bosque, se desperezó lanzando cientos de rayos.
Sin duda, sería un precioso día.
A diferencia de la anterior Ronda Solar, reunión anual de los antiguos miembros del Klan, en ésta, los dioses prohibieron a las nubes volver a derramar agua alguna en el encuentro. Ni siquiera se les permitió asomar sus suaves formas de algodón por el horizonte.
A primeras horas de la mañana los participantes hicieron acto de presencia entre saludos, abrazos, muestras de afecto y presentaciones al Klan. Luego vendría el banquete, el recordar hazañas pretéritas en compañía de licores, cantos, chistes, jarana.
Esta vez, el Viejo Puente esbozó con un gesto de desaprobación a la vez que se decía: “los caminos se harán intransitables…”, “seguro que pasada varias semanas, seguirán estando marcadas las huellas…”.
Era cierto, todo ser del bosque que tuviese fluido por las venas o por vaso de liber alguno, sabía que durante las próximas horas, la paz se ausentaría de allí.
Por el día, volverían los ruidos, las charlas, los gritos, las carreras. Hasta muy entrada la noche, “aquel murmullo machacón que tanto le recordaba las charcas de ranas…”.
De nuevo el Viejo Puente frunció la frente y se dijo:
…“el sonido del aire al pasar entre las hojas de los árboles, el raspajeo del chochín entre la hojarasca, el ladrido del corzo, o el sonido del zigzageante riachuelo bajando en busca del mar. Se perderían. Dejaré de oírlos. Dejaremos de oírlos, se corrigió.
Era cierto, el ruido causado por la concentración les afectaría. Claro que se irían al día siguiente, pero, harían tanto jaleo.
Pero sobre todo, al puente lo que más le incomodaba era, el que los que visitaban el bosque, siguieran sin reparar en la existencia de los seres pequeños. Aquellos que no necesitaban de tanto jaleo, aditivos, gestos ni aspavientos. Los que disfrutaban simplemente por el hecho de encontrarse, adentrarse en el bosque, vivir mil aventuras.
El puente se preguntó: ¿Por qué los mayores no se adentraban con ellos a escuchar el canto de la alondra, a buscar la anagalis entre la hierba, a humedecer los pies en alguna charca, …?
Bueno, pensó, siempre tendrán la compañía y los juegos de la La Dama del hongo multicolor y los hermanos Elfos.

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece
un niño que el viento mece
con su balada en otoño.
Una balada en otoño,
un canto triste de melancolía,
que nace al morir el día.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados
sobre los campos, llueve.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados...
(Joan Manuel Serrat)

A pesar de no parecerlo, por como de revuelto anda el tiempo, y de haber acabado el verano, cuando fui hace unos días a casa de unos amigos, me encontré a sus retoños embozados de buzo y braceando escaleras arriba, escaleras abajo, a la vez que inflando los mofletes con grandes bocanadas de aire. Mi risa fue descomunal. A ellos les faltó poco para hacerme saber entre risas y tirones del pantalón que habían aprendido a nadar con la cabeza bajo el agua. Me sumé a su continuo y acaparador parloteo hasta que me dijeron que estaban buscando “tesoros”. En ésta me quedé plantado y por un momento, si bien la conversación siguió por los derroteros que ellos me seguían marcando, se cruzó en mi mente recuerdos de las peripecias vividas por sus progenitores para poner en el mundo a estas dos “lindas perlas”.
( Acrílico sobre lienzo - 2,50 x 1,50 cms. )

¡Hay que ver cómo pasa el tiempo!, me afirmó ayer Mamá tras volver de visitar a mis sobrinos Manu y Claudia. Para continuar con: “Están ya tan grandes, cuando hace poco eran bebés...”.